Serenidad.

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No digo que resulte fácil acceder a esa disposición de ánimo. Tampoco considero que yo, precisamente, sea un ejemplo en la adquisición de la misma; más bien al contrario: son más las veces que sucumbo y me veo dominado por las pasiones y los afectos que las veces que ellas se ven sometidas a mi dominio; más aún, en muchas ocasiones ni tan siquiera me percato de haber sido dominado por pasión o afecto alguno. Sin embargo, ello no es óbice para poder afirmar con total seguridad un fenómeno que, por experimentado en mi propio cuerpo, considero incontrovertible. Nada incrementa en mayor medida ni de forma más adecuada la potencia de obrar que la serenidad del ánimo, y no hay forma auténtica de acceder a dicha serenidad del ánimo que no sea por medio del entendimiento racional de una regla vital práctica: la razón, para ser conforme a la Naturaleza, debe discernir de forma clara y distinta aquello que depende de nosotros de aquello que no depende de nosotros. Las cosas exteriores —como pueden ser la riqueza, la enfermedad, la muerte o nuestra reputación– no dependen de nosotros; sí depende de nosotros, en cambio, nuestro albedrío, entendiendo por tal, fundamentalmente, nuestras opiniones o representaciones de las cosas exteriores. Es así que carece de sentido, por resultar ello contrario a la razón, entristecerse por la lluvia, así como maldecir la misma con enojo, pues esto último, lejos de sustraernos de la lluvia, no hace sino hacerla más presente en nuestro espíritu, y, además, con menoscabo o merma del ánimo.

Sea como fuere, habitualmente ocurre que nuestro albedrío se ve perturbado y zarandeado por la infinita sucesión de cosas exteriores que nos afectan. Así, mientras permanecemos sumidos en un estado frenético, de alteración continua, nuestro curso de acción se dirige a atender simultáneamente todas las cosas exteriores que nos asaltan y avasallan sin cesar, y ello, además, con la vana intención de controlarlas, causando la frustración de tal intento gran angustia y temor, además de un surgimiento desatado de nuestras pasiones y afectos, lo que produce, en última instancia, la mudanza de nosotros mismos; lo irracional radica, pues, en pretender controlar todo lo que no está bajo nuestro control, esto es, las cosas exteriores, al tiempo que dejamos de lado precisamente aquello único que sí está bajo nuestro control: el albedrío. El entendimiento auténtico y profundo de esto último, esto es, el entendimiento de que esa forma de proceder es irracional e inadecuada, conduce, paradójicamente, a la serenidad del ánimo.

Lo anterior me lleva a acudir a unos fragmentos de las Disertaciones de Epicteto, cuyo discípulo más conocido, Arriano, transcribe, en forma de diálogos, lo que considero –así lo hago al menos en mi fuero interno- la esencia del estoicismo.

 “Pero, ¿qué dice Zeus?:

<<Epicteto, si hubiera sido posible, hubiera hecho tu cuerpo y tu hacienda libres y sin trabas. Pero en realidad, no lo olvides, no es tuyo: es barro hábilmente amasado y, puesto que no pude hacer aquello, te di una parte de nosotros mismos (…) la capacidad de servirte de las representaciones; si te ocupas de ella y cifras en ella tu bien, nunca hallarás impedimentos ni tropezarás con trabas, ni te angustiarás, ni harás reproches, ni adularás a nadie. ¿Qué? ¿No te seguirá pareciendo poca cosa?>>

-¡Desde luego que no!

-¿Te basta con eso?

-Así se lo pido a los dioses.

Pero en vez de eso, aun pudiendo preocuparnos de un solo objeto y dedicarnos solo a él, preferimos preocuparnos de muchos y encadenarnos a muchos: el cuerpo, a la hacienda, al hermano, al amigo, al hijo y al esclavo.”

¿Y de qué forma se manifiesta esa capacidad de que dispone uno para servirse de las representaciones? ¿Cómo se exterioriza y materializa en la práctica esa capacidad por medio de la conducta? El mismo Arriano, pero en otro fragmento de las Disertaciones, responde de alguna forma a esta pregunta a través de la anécdota de un personaje, Agripino, en el contexto de una condena que le ha sido impuesta.

“¿Qué decía Agripino, también, en este sentido?

<<No quiero ser un impedimento para mí mismo>>.

Vinieron a decirle: <<Se te está juzgando en el Senado>>.

Sea enhorabuena. Pero ya es la hora quinta –a esa hora solía ir al gimnasio y a tomar un baño frío-, ¡vayamos al gimnasio!

Mientras estaba en el gimnasio vino uno y le dijo: <<Has sido condenado>>.

-¿Al exilio –preguntó- o a la muerte?

-Al exilio.

-¿Y qué hay de mis posesiones?

-No han sido confiscadas.

-Nos iremos a Aricia y comeremos.

Eso es haberse ejercitado en lo que hay que ejercitarse, haberse provisto de unas facultades de deseo y rechazo que no pueden ser obstaculizadas ni echadas por tierra. ¿He de morir? Si ha de ser ahora mismo, moriré. Si falta un poco, de momento, comeré cuando llegue la hora, y luego moriré. ¿Cómo? Como conviene al que está devolviendo lo que no es suyo.”

De esta actitud vital, que es tachada a menudo de insensible, se critica también su radicalismo en el tratamiento de las emociones, pues algunos, de su lectura de textos de autores estoicos, entrevén en los mismos un intento extravagante por utópico de suprimir toda emoción humana. Por mi parte, no lo creo así. No creo que en el estoicismo –si es que cabe hablar de un “estoicismo”- se pretenda algo así como la supresión de las emociones. Eso sería una postura extrema y carente de todo realismo. Por el contrario, considero que la postura estoica respecto a las emociones consiste en un ejercitarse a partir de las mismas con el propósito de no verse continuamente dominado por ellas. Se parte, pues, de un presupuesto que no admite discusión: las emociones humanas, como seres humanos que somos, nos son ineludibles, pero no así el dejarnos llevar por las mismas una vez han hecho acto de presencia en nuestro ánimo. En este sentido, Nassim Nicholas Taleb, con ocasión de un poema que trae al recuerdo, comenta incidentalmente tal extremo.

“El poema trata de Marco Antonio, que acaba de perder la batalla contra Octavio y ha sido abandonado por el dios Baco que, hasta entonces, le había protegido. Es uno de los poemas más ensalzadores que he leído jamás, bello porque es el epítome del esteticismo dignificado, y por el tono suave, pero edificante, de la voz del narrador, consolando a un hombre que acaba de recibir un reverso abrumador de la fortuna.

El poema se dirige a Antonio, ahora derrotado y traicionado (según la leyenda, incluso su caballo le desertó para irse con su enemigo Octavio). Le pide que sólo le diga adiós, a Alejandría, la ciudad que le está abandonando. Le dice que no lamente su suerte, que no entre en una fase de negación, que no crea que sus oídos y sus ojos le están engañando. Antonio, no te degrades con esperanzas vacías. Antonio,

Escucha simplemente mientras te sacude la emoción, pero no con las imploraciones y las quejas del cobarde.

Mientras te sacude la emoción, no te muerdas el labio. No hay nada malo ni indigno en tener emociones: estamos hechos para tenerlas.”

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Estado y acción. Pasión y amor.

Ser apasionado es un estado y amar es un acto. Se sufre un estado, pero se decide un acto.

Denis de Rougemont.

Me topé con esta frase por casualidad, y la rumié en mi sesera mientras la leía y releía. Me llamó la atención no sólo por la temática principal, a saber, la diferencia entre el apasionarse y el amar. También me atrajo porque creí o quise entrever en ella la distinción que de algún modo esbocé unos días antes en otro texto, como perro atado a un carro”.

Esa distinción a que me refiero, que aparece en “como perro atado a un carro” de forma un tanto abstrusa (razón por la cual, quizá, no se repare en ella), la resumiría esencialmente del siguiente modo:

‘El estado’ se padece (el sujeto es pasivo), de ahí que se hable de pasión. ‘El acto’ no se padece (el sujeto es activo), ‘el acto’ se decide, de ahí hablar de acción.

El estado o, lo que es lo mismo, la pasión, vendría a ser un padecimiento del alma, sufrimiento, un estado, valga la redundancia, en el que está ausente aquella parte de nosotros que es consciente de sí misma, de autocontrol, la que comúnmente denominaríamos como racional. Por el contrario, la acción es un obrar en el que la razón, al estar presente y discernir los afectos de forma clara y distinta, consigue dominar las pasiones. El amor, según este criterio, es por tanto una decisión racional. El amor, entendido de esta forma, es libertad, e implica responsabilidad, y supera con ello a la pasión, que es una forma de servidumbre que zarandea de un lado a otro a quien la sufre.

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Como perro atado a un carro

Cual es el proposito del destino

Confieso que formo parte de ese insufrible grupúsculo de deterministas y fatalistas vitales que, al igual que los estoicos, creen que los seres humanos en realidad no somos más que perros atados a un carro. Un perro atado a un carro puede adoptar dos actitudes: o bien correr en sentido contrario al carro y verse arrastrado por él en contra de su voluntad al tiempo que padece todo tipo de daños, o bien correr voluntariamente en la misma dirección que el carro con una disposición del ánimo que consiste en disfrutar del trayecto.

No obstante, esta visión estoica de las cosas a menudo se tergiversa y califica de pesimista, apática, fatalista y pasiva, y seguramente ello sea así no por mala intención, sino por falta de comprensión. No se trata de ser pasivos, sino, al contrario, de ser activos. Pero para serlo auténticamente, no sólo de palabra, hay que entender el espíritu que subyace tras la idea de ser activo y la idea de ser pasivo. Asocio activo -de actuar- con acción, y acción con razón; por su parte, asocio pasivo -de padecer- con pasión, y pasión con ausencia de razón. Se trata, por tanto, de ser racional o de ser irracional, se trata de correr junto al carro y respirar el aire que nos toca respirar, o bien correr en sentido contrario al carro mientras somos arrastrados penosamente por él, sufriendo magulladoras y mordiendo el polvo. Se trata de actuar conforme a la naturaleza, o de actuar contra ella; de seguir el carro o de verse arrastrado por él. Porque actuar conforme a la naturaleza, esto es, no desear que las cosas ocurran de forma distinta a como en realidad ocurren ni querer que lo que no depende de nosotros dependa de nosotros, es actuar de acuerdo a la razón. Se trata de actuar, de concentrar los esfuerzos en las acciones, que conducen a decisiones conformes a la razón; no se trata de padecer, no se trata de malgastar energías en las pasiones, que conducen a decisiones contrarias a la razón.

En definitiva, no se trata de eliminar las pasiones ni de dejar de sentirlas; pero tampoco se trata de que las pasiones actúen sobre nosotros. De lo que se trata es de que seamos nosotros los que actuemos sobre las pasiones.

El epistemócrata

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La una de la madrugada y sigo despierto. No sé qué escribir. Para acompañar el insomnio decido charlar con Séneca. “Os lo ruego, no os espantéis de esas circunstancias que los dioses inmortales aplican a los ánimos como aguijones: un desastre es una oportunidad para el valor”, me dice Séneca. Me repito el último inciso de nuevo: “un desastre es una oportunidad para el valor”. Esa forma de ver la realidad, tan estoica, me recordó lo que en alguna ocasión leí decir a Nassim Taleb del propio Séneca. Para Taleb, Séneca tenía una forma antifrágil de ver la vida, entendiendo por antifrágil aquello que se beneficia del desorden o, dicho de otro modo, aquello que no solo no sale perjudicado de una crisis sino que sale fortalecido. Y esa frase estoica, “un desastre es una oportunidad para el valor”, hizo que me viniera a la mente este concepto de antifragilidad.

Pero entonces recordé también, seguidamente, un fragmento de El Cisne Negro, de Nassim Taleb, en el que hablaba de un gran francés, Michel de Montaigne. La conexión no es del todo arbitraria, pues Montaigne, a su vez, tenía en muy alta estima a Séneca. El caso es que Taleb describe un concepto, el del epistemócrata: el humilde epistémico, en contraposición al arrogante espistémico. ¿Que qué es un epistemócrata? Algo que escasea, desde luego. Más aún en estos tiempos que corren. Pero prefiero que lo explique el propio Nassim:

“Alguien que tenga un elevado grado de arrogancia epistémica no es demasiado visible, como el tímido en un cóctel. No estamos predispuestos a respetar a los humildes, aquellos que tratan de suspender el juicio. Hoy en día existe la llamada humildad espistémica. Pensemos en alguien que sea muy introspectivo y al que le torture la conciencia de su propia ignorancia. Carece del coraje del idiota, pero tiene las raras agallas para decir: “No lo sé”.  No le importa parecer loco ni, pero aún, ignorante. Duda, no se compromete, y le preocupan las consecuencias de estar equivocado. Introspecciona, introspecciona e introspecciona, hasta llegar al agotamiento físico y nervioso. 

Esto no significa necesariamente que no tenga confianza, sólo que piensa que sus conocimientos son sospechosos. A ese individuo lo denominaré epistémico; a la provincia en que las leyes se estructuran teniendo en mente este tipo de falibilidad humana la llamaré epistemocracia. 

El principal epistemócrata moderno es Montaigne.”

A uno se le viene a la mente un tipo humilde e introspectivo que se limita a vivir su vida, que no se mete en la vida de los demás ni pretende hacerlo; un tipo escéptico, consciente de su ignorancia y de las limitaciones humanas. Un tipo que, de creer en algo, cree en el aprendizaje a través de los errores y, por tanto, en la libertad para errar, lo cual lleva necesariamente a la idea de responsabilidad, esto es, a ser responsable de las propias acciones y de sus consecuencias.

Pero también, tras reflexionar un poco, irremediablemente, se le aparece a uno la otra figura, la del arrogante epistémico. Este último es un cantamañanas que dice saber mejor que tú qué es lo que quieres, hasta tal punto que pretenderá imponerte su visión de las cosas “por tu bien“. El arrogante epistémico no solo se compromete, sino que se mete y entromete en tu vida, y sí, a él sí le importa parecer un loco, por eso tratará de hacerte creer que el loco eres tú, y, de ese modo, justificar la posterior imposición de sus ideas. No le tortura la conciencia de su propia ignorancia, pues su arrogancia le impide ver su ignorancia. Tiene el coraje del idiota, y no tiene las agallas para decir: “No lo sé”. No se lo puede permitir. Es más, no le preocupan las consecuencias de estar equivocado, pues siempre podrá recurrir a algún chivo expiatorio sobre el que descargar las culpas. Y la pregunta: ¿Dónde abundan los arrogantes epistémicos?

Como dice el propio Taleb: “Lamentablemente, para ejercer la autoridad uno no puede aceptar su propia falibilidad. Esta circunstancia queda manifiesta en una patología social: los psicópatas congregan seguidores”. Vivimos en un mundo de demócratas, no de epistemócratas.

Nada hay más dulce…

“Nada hay más dulce que ocupar los excelsos templos serenos que la doctrina de los sabios erige en las cumbres seguras, desde donde puedas bajar la mirada hasta los hombres, y verlos extraviarse confusos y buscar errantes el camino de la vida, rivalizar en talento, contender en nobleza, esforzarse día y noche, con empeñado trabajo, en elevarse a la opulencia y adueñarse del poder”.

Lucrecio

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A mi modo de ver, adoptar una postura filosófica exige sobre todo entender que uno, cuando piensa, no piensa en sus creencias, sino a través de ellas. Comprender esto sería el primer paso, necesario, pero no suficiente.

El segundo paso, por tanto, debería consistir en pensar en las creencias a través de las cuales se piensa para ponerlas en cuestión, lo cual, no obstante, a poco que se piense, parece una ardua tarea, si no imposible. Y, efectivamente, es imposible si uno no recurre al desapego, que es de veras el segundo paso, y que consiste en apartar de sí el ego, en elevarse sobre él, observarlo desde arriba; sólo entonces podrá uno analizar su ego, sus móviles, sus apegos y creencias.

El último paso, una vez transitados los otros dos, consiste, ahora sí, en pensar y cuestionar, con juicio, los prejuicios. Aquí reside la auténtica mirada.

La afirmación escéptica

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La afirmación escéptica, entendiendo por afirmación tanto la aceptación como negación de un hecho, difiere por completo de la afirmación dogmática. Mientras que la afirmación dogmática se pronuncia con el propósito de desplazar otra afirmación dogmática y así ocupar su lugar como verdad incuestionable, la afirmación escéptica tiene otro fin. En particular, la afirmación escéptica no pretende, a través de su pronunciamiento, ocupar el lugar de una afirmación dogmática, sino que busca situarse junto a dicha afirmación dogmática en condiciones de igualdad, de modo que con ello consigue neutralizar la afirmación dogmática al tiempo que se neutraliza ella misma, pues no pueden coexistir dos verdades excluyentes. El escepticismo, bien entendido, actúa así, según Sexto Empírico, como “una purga que no sólo elimina los malos humores del cuerpo, sino que ella misma resulta eliminada a la vez que ellos”.

 

 

La simplicidad de la mirada.

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A continuación comparto un fragmento de “Plotino o la simplicidad de la mirada”, de Pierre Hadot.

“Regresa a ti mismo y mira: si aún no te ves bello, haz como el escultor de una estatua que ha de salirle hermosa: quita, raspa, pule y limpia hasta que hace aparecer un bello rostro en la estatua. También tú, quita todo lo que sea superfluo, endereza todo lo que sea tortuoso, limpia todo lo que esté oscuro, abrillántala y no ceses de ‘esculpir’ tu propia ‘estatua’ hasta que resplandezca en ti el divino esplendor de la virtud, hasta que veas ‘la Sabiduría en pie sobre su sagrado pedestal’. ¿Has llegado a esto? ¿Has visto esto? […] Si ves que te has convertido en esto, convirtiéndote tú mismo en visión al adquirir confianza en ti mismo y ascender hacia lo alto, al tiempo que permaneces en este mundo, sin necesidad ya de quien te guíe, entonces, ¡fija intensamente los ojos y mira!” (I, 6, 9, 7.)

Poco a poco la estatua material se adecua a la visión del escultor, sin embargo, cuando estatua y escultor no son más que uno, cuando son la misma alma, la estatua sólo es la propia visión y la belleza no es más que un estado de simplicidad total, de luz pura.